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La ciclista mexicana Yareli Salazar alimenta el sueño olímpico alejada de sus enemigos

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Photo: Shutterstock

Para la ciclista mexicana Yareli Salazar, medallista panamericana, entrenarse en el ambiente epidémico de la COVID 19 tiene un toque de melancolía, el relacionado con la ausencia de sus enemigos íntimos: el aire, la lluvia y el calor.

México, 17 abr (EFE).- “Trabajo cinco horas al día en mi casa; mantengo la forma deportiva, pero todo es raro porque no me afectan las condiciones adversas del clima”, confiesa en entrevista a Efe la joven de 23 años, originaria de Culiacán, Sinaloa.

Salazar es una de las promesas del deporte mexicano que el año pasado conquistó tres preseas en los Juegos Panamericanos de Lima, entre ellas la de plata en la modalidad de omnium, en la que buscará ser protagonista en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Es una portentosa corredora, con fuerza en las pruebas de ruta como demostró en febrero al ganar la tercera etapa en la Vuelta ciclista a la Comunidad Valenciana, sin embargo alimenta el sueño olímpico en pista para sacar provecho de la velocidad de sus años mozos. “Podría terminar mi carrera deportiva en la ruta, pero tal vez sea después de los Juegos de París 2024. Ahora puedo pelear una medalla olímpica en pista y es mi meta”, confiesa.

Yareli es tan buena que el año pasado fue fichada por el equipo italiano Astana, en el que ha crecido como ciclista al participar en las exigentes competiciones en el asfalto que le aumentaron el fondo físico y la hicieron mejor en el velódromo. En estos días cumple de manera monacal las indicaciones de aislamiento para evitar el contagio de la COVID y aunque su entrenamiento es casi de laboratorio, mantiene la forma física con varias horas en la bicicleta fija, en la que combina tiradas largas con cambios de ritmo, y sesiones en el gimnasio.

“Es aburrido pasar tantas horas en la bici estática. Forma parte de la preparación y lo asumo”, asegura. Es una de las deportistas de México que más obstáculos ha saltado en los últimos años porque trabaja sin entrenador, algo complicado a su corta edad. Además, a inicios de este 2020 sufrió una luxación en el hombro en los Mundiales de pista de Berlín, lo cual le hizo perder días de trabajo.

“Aunque lamento la causa, el aplazamiento de los Juegos por el coronavirus para mí fue bueno. Había perdido entrenamientos por la lesión y ahora tendré tiempo para prepararme mejor, además de que llegaré a Tokio un año más madura”, explica.

Salazar era una niña de ocho años cuando México ganó medalla olímpica de ciclismo por última vez con la plata de Belem Guerrero en la carrera por puntos en Atenas 2004. Yareli toma como modelo la proeza de su compatriota, aunque su ejemplo a seguir está en la familia. “Mi abuelo Enrique estuvo a punto de competir en los Juegos de Tokio de 1964 a los que se clasificó. Ahora él revivirá su sueño en mí, es algo emocionante”, revela.

Como todos los ciclistas profesionales, Yareli tiene numerosas vivencias de cansancio extremo, de días en los que a 200 metros del entrenamiento lloró y de duras jornadas en las que el aire, la lluvia o el calor aparecieron como enemigos de garras afiladas empecinados en lastimarla. “Ahora no están, pero igual el trabajo es duro”, dice con una melancolía que es pasajera porque cuando la COVID sea una historia pasada regresará la normalidad y ella volverá a vestir las camiseta del Astana y de la selección mexicana. Entonces regresarán las sensaciones de vértigo que los ciclistas disfrutan más cuando unos vientos insistentes amenazan con tumbar la bicicleta, aparecen aguaceros odiosos, o días marcados por calores luciferinos estimulantes de la deshidratación.